Acuñé el término “mamás 4×4” no para referirme a mamás choras, todo terreno, capaces de cumplir con todo lo que el estereotipo femenino de este siglo sobre exige (eso da para otro post), sino que para agrupar a aquellas mujeres que viajan felices de la vida por Santiago sobre 4 ruedas de proporciones, protegidas por la creencia popular de que “al auto más grande gana”.
Dichas mujeres generalmente cuentan con un marido tremendamente preocupado, y absolutamente consciente de que a su señora le regalaron el carnet de manejar en la kermesse del colegio. Por lo mismo, y para proteger a su media naranja, la suben arriba de una verdadera nave-madre similar a un Transformer en esteroides, que las mantiene alejada de todo mal.
¿Bien por ellos?
Not.
Bien por nadie. Porque al final, la señora regia-estupenda-gaia-linda dueña del Transformer no sólo consume el doble de bencina de un adulto normal, sino que contamina a la par. Y nosotros, simples terrícolas, debemos aprender a jugar a esquivar a “la loca” para que nuestros citi-car no paguen el pato y terminen como mosquito en el parabrisas.
Vengo conviviendo con mamás 4×4 hace años, desde que trabajé en un sector de la capital en el que abunda el género. Pero de un tiempo a esta parte es como si la epidemia se hubiese tomado todo Santiago, de la mano –por supuesto- de los sticker familiares que indican cuántos perros, gatos y guaguas tiene el núcleo familiar a bordo de la nave.
Francamente ya no hay mucho que hacer más que manejar absolutamente a la defensiva… y cruzar los dedos para que dejen de regalar carnet de manejar en las kermesses (por favor!)